Corre la seda desde lo alto hasta llegar irremediablemente al suelo. Tendida sobre una barra de madera, diseñada en formas y figuras que hablan, cuentan una historia antigua que se repite hace ya mucho, y que parece no tener fin; ni, lógicamente, principio.
Hay muchos niños. Jugando, dejan pasar el tiempo y por él se pasean canturreando, juntos, son amigos a su vez, amistad del tipo en el que hay mutuo entendimiento. Se quieren porque se conocen, se saben juntos y han pasado colgados de la seda mucho tiempo, tanto, que ahora sólo pueden dejarse caer, deslizarse, soltarse y rodar y rodar por los largos paños de aquel velo de la más fina seda.
Se da de distintas maneras, de las más diversas formas, así como el recorrido del agua sobre distinta superficie, o como cada ave que en su vuelo describe particulares trayectorias, desde el andinista que pareciera una gran pluma flotando al serrano peregrino que desciende como si estuviese hecho de puro plomo.
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