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9.9.11

Take the bus

Sueño muy seguido, sí. Estaba en una calle ancha, con árboles más que altos, pinos de hojas imposibles y falsas caducifolias que no dejaban ir ni a sus hojas, tacañas y egoístas. El boulevard separaba, dividía y marcaba tres secciones del camino, elegí la del medio y soñé, soñé bien despierto, con un chico y su algo, no sé qué clase de cerdas tenía y si estas tenían pinturas o recinas, sé que era arte. Él caminaba, aunque no impasible, por senderos ya conocidos, los iba surcando de un extremo a otro, conocedor del empedrado que mediaba ambas veredas. Al artista lo distrajo de su pensar otro pensamiento, al cual cuestionó y así siguió divirtiéndose por un rato, entre la duda y el acierto, cerca de palabras y lejos de actos. Entonces el sueño cambiaba brusco y sin aviso, rebelde y romántico se centraba en una pareja romántica (valga la re-redundancia) que se movía bien quieta, una navegaba en el otro, en sus palabras y movimientos mientras que el otro simplemente la contemplaba, pensaba en ella, en sí mismo. Así como él se hundía en sí una tercer y vencida visión se encontró en mi vigilia soñadora, ni más ni menos que un verdadero (o falso) amor, una amistad fuerte (o quizás floja, liviana) que se endurecía (o ablandecía) incluso en presencia de la lejanía. Pestañé entonces para encontrarme siendo asaltado, pues me había desviado del boulevard e iba hacia uno de los extremos, una pequeña pendiente que desembocaba en el pavimento yo había seguido, habiendo mal elegido: era un camino más que sinuoso y traicionero. Víctima de la misma razón por la que el artista no se hallaba impasible, el victimario se presentó; redudantes armas me harían ser víctima pronto, aunque no más que la primera, por supuesto que no más que la primera. No se dispararon más que palabras, que como semillas germinaron en artes y sueños. La segunda se dio en uno en el que estaba despierto, bien despierto y tintes cotidianos hacían ruido a la onírica naturaleza del momento, sueños reales, o...

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