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27.9.11

El puente del violín puede resistir la fuerza de unos treinta y cinco kilogramos gracias a la presión con la que lo someten las cuatro cuerdas del instrumento. El mismo siendo una pequeña pieza de carpintería trabajada en detalle, conecta a las cuerdas con el alma de este pequeño ente musical, encargada de esparcir el sonido equitativamente a través de la caja de resonancia.
Pero ningún puente, que una cualquier cosa (dos ciudades, dos calles, dos riberas, dos amantes), ningún puente soporta la fuerza del odio de semejante atrocidad, la presión de un morboso ser humano en lo que quisiéramos fuera una distopía; pero no lo es.

Fue hace ya mucho tiempo. La historia de dos personas, dos entre tantas de las que convivían con la guerra, en verano, último atisbo de luz antes del verdadero gris otoñal. Una joven, cualquiera. Un río, dos márgenes: dos ciudades, un mismo pueblo. La muchacha pareciera estar encargada de entregar las noticias que serían transmitidas a la población de la Francia oriental a alguien cualquiera, un emisor, un amplificador, un alma dispuesta. Yace bajo un árbol esperando un momento, único, a un joven que transcriba, que intercepte, que traduzca a quienes sea necesario las últimas nuevas.
Artístico momento, se asemeja a un tendido, a un puente: el amor, el lazo que ahora los une luego de certeras miradas. Es instantáneo, que ambos lo sepan sólo lo hace aún más especial. El sonido de su unión es armonía; la belleza de su amor, leyenda popular. Ambos son uno, y bien pareciera que nada puede destruirlo: como si existiese algo, como si nada pudiera quebrantar aquello tan sagrado, como si nadie pudiera cortar el flujo de un río o como si nadie pudiera ocultar el sol, como si un puente resistiera sin descanso eterna e idílicamente. Como si callar a un violín fuese imposible. Muere la cópula al fin.

El hedor de la sangre tiñe los cielos de la terrible monotonía de un gris opaco. Ha pasado un año. Son infinitas aquellas pequeñas cosas que la masacre que significa el avance alemán ha destruido. Ya no hay más. Cuesta respirar el aire infestado de la repugnancia del miedo, es difícil ya siquiera tragar saliva. La música ejecutada por el movimiento perpetuo del único pueblo dividido en dos ciudades se apaga abruptamente. Ya no hay más que decir, sólo contar se puede.

Se oirán voces, correrán los ríos, habrá amor y sin embargo... Lo fue, el puente fue de inmensurable singularidad. Todos lo fueron y serán, es imposible recuperar el sonido del conjunto. Existe desde entonces una grieta en el alma, un silencio innecesario en la música, un dolor en el vivir. Ya no hay nada más. Ya no hay más que decir. Sólo, quizás, palabras.

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