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14.11.10

Cuento para unos cuantos perros

Fijando su vista en la futura cena, procuró no equivocarse una vez más, pero qué difícil le resultaba con ella dando frenéticas vueltas en la cocina. Irritado, terminó por echarla, no sin que ella se fuera ofendida del cuarto, pero al menos pudo finalizar con el proceso de batido de la comida, y dejar esta en manos del horno, liberándose de una carga. Cuando se acercó al living, ella estaba sentada, juzgándolo con la mirada, pero a él no le importó, se propuso disponer la mesa para la cena. En su andar por el comedor, se acercó a la ventana, y notó por primera vez como una fina cortina de lluvia acompañada por una gruesa capa de nubes cubría, sólo parcialmente, la luna llena, dejando escapar por unos limitados espacios haces de platinada luz. Él sabía que ella no cenaría con él, razón por la cual en la mesa había un único plato de metal y una fina copa de vino, en cuanto a los cubiertos no los necesitaría para esta comida. Fue durante la cena cuando ella volvió arrepentida, llegando al comedor con la cabeza gacha, y con escasa inocencia apoyó su delicada cabeza en la falda del hombre, puesto que él disfrutaba de esto. Su relación era fruto de uno de los más puros amores de la naturaleza, y sin embargo, pronto la alejó, empujándola violentamente, no sin antes haberla besado. Resignada, pero no frustrada, ella huyó en carrera una vez más del comedor, dejándolo sólo. Mientras comía, las humanas emociones del hombre debatían en su cabeza cómo dormirían. Los deseos de ella eran claros, se acercó lentamente hacia la cama en la que él estaba acostado, pero él se encargó de obstaculizar su avance y optó por la opción más benévola enviándola a dormir al sillón, ya que era un acto de crueldad propia de un animal enviarla al frío jardín bañado ahora por la lluvia. Él sumido en un profundo sueño, ella sentada en el sillón escuchaba muy atenta; vigilante cuando se encaminó a través de la escalera que conducía al cuarto en el que el hombre dormía. La muerte del hombre fue catalogada como crimen pasional. Fueron sus vecinos quienes informaron a los investigadores del caso de los efímeros encuentros con mujeres cuyas hermosas curvas no eran propias del carácter animal con el cual amaban, encuentros con fieras que apaciguaban la creciente necesidad del hombre salvaje: la compañía, omitiendo bestialmente algo en la palabra soledad nunca mencionada, dándole un significado más humano. Antes de cerrar el caso, el oficial a cargo tuvo un último problema: ¿Qué haría con el hermoso animal que había perdido a su dueño tras aquel asesinato? Pero la respuesta llegó sola, cuando ella, mientras que el policía reposaba en el sillón en el que el hombre asesinado se había sentado alguna vez, sin escrúpulo alguno apoyó su cabeza sobre la falda de este, y lo miró a los ojos.


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