sur
7.8.10
Truco es mentira
Se sentó en la silla que tenía frente a él, de un tapiz verde, de fina madera. Los naipes se hallaban revueltos sobre la circular mesa. Allí estaban todos, y una vez más, su mente rozó la idea de la mano perfecta con la cual derrotar a su enemigo (el cual pronto aparecería frente suyo). Pensó en el ancho de basto, pero luego recordó que particularmente esa carta vivía pensando que era la mejor, y simplemente por ello era inferior, a diferencia del ancho de espada. Este vivía sin saber quien era, y ni siquiera se le ocurría pensar en que su función en el partido era decisiva; simplemente la ejercía y era quien debía ser, cumplía con su deber y su problema no era perder. Después se le ocurrió pensar en las figuras (el número diez, el once y el doce), las tres eran similares. Una de las figuras, por ejemplo el rey (doce), era despreciada, pero su valor en el juego perfecto era esencial: era la primera en revelar la verdad, en provocar la reacción del jugador contrario, por ende era necesario poseerla, de todos modos las figuras no aparecían siempre, y eran muy poco usadas, pero él logró ver su valor, en el próximo juego serían uno de sus elementos claves. Él estaba segurísimo, si las figuras eran esenciales en el juego perfecto, entonces los anchos falsos eran totalmente innecesarios, no tenían razón de ser, sólo rellenaban y para colmo: eran falsos, copias de la vida que el ancho de espada llevaba. "Está lleno de anchos falsos, llenísimo", pensó. Casi se olvidaba del siete de espada (¡Qué carta más curiosa!): tenía el poder y era consiente de ello, todo jugador sabía aprovecharla y reconocía su valía y, sin embargo, él aspiraba a más. Por último (y no por ser la mejor carta) recordó el tres de oro, crucial en su juego ideal. Descarado, sin vergüenza y directo, era él quien se encargaba de ser la primera y de hacerla, era el que no podía faltar pero a menudo se veía sometido por cartas como el ancho de basto. Siguió pensando, y logró deducir cuan complicado era este juego, también se dió cuenta de que en algún momento acabaría por aburrirse del juego, después de todo aunque siempre sean distintas las cartas que formaban su mano, la complejidad en algo tan monótono era un lujo que no podía darse. "Es sólo un juego", se dijo: en el fondo supo que no lo era. Y la mentira era la clave, y las cartas eran lo único que necesitaba, y esperaría al envido, y sabía que él era el truco, y no esperaría al próximo juego para tener éxito. Este era su juego e iba a ganarlo.
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Me gusta, y eso que no sé nada de truco.
ResponderEliminarPero me gustó, yo lo asimilé con la vida misma, no sé si está mal.
Un beso, Berni, ya me mandaré textos como este.