Luego de un ameno pero rutinario paseo, los dos adolescentes emprendieron viaje.
La filosofía que para su gusto podía ser definida como el intensamente pacífico viento que agitaba cada célula en la noche, patrullaba las calles de un sábado nocturno en busca de bocas en las cuales volcarse, y esta vez las encontraría.
Ambos jóvenes disfrutaban y aprovechaban su compañía, pero por primera vez (o mínimamente la más importante) uno de los dos inmaduros hombres se encontraba inquieto. Este no era la clase de persona capaz de ocultar un sentimiento, su mayor verdad era la expresión, aunque esta nunca tenía una carga emocional importante.
El inquieto comentó de la rosa, y aunque el otro había pasado demasiadas horas reflexionando sobre ésta, sobre sus colores, aromas y particularmente sobre su reciente e inusual comportamiento, fue un comentario que no logró prever.
La abrí, dijo desganado el primero. La velocidad en respuestas del segundo era el gatillo de su arma clave: la disimulación. ¿Así?, preguntó veloz y con un sutil desinterés. El primero relató muy brevemente su encuentro con la rosa, no tan predecible, pero si lo suficiente como para no sorprenderse; y sin embargo esta fue la sincera respuesta del segundo ante el relato del primero.
Las luces del cielo, de tonalidades azules y violáceas, iluminaron triste pero necesariamente el sendero que continuaba frente a ellos. Las calles se hallaban solas, acompañadas solo de las palabras de los jóvenes hombres.
Sus pasos no se habían detenido, al contrario de sus pensamientos, los cuales ahora se hallaban tres pasos atrás mirándose mutuamente e intercambiando miradas profundas. Una piedra había caído en el complicado estanque que formaba la mente del sorprendido joven, aunque este no dejaría ver tan fácilmente las múltiples ondulaciones que ahora recorrían sus pensamientos: simplemente mostró su cotidiana careta ante el primero, aconsejándolo. A pesar de esto, cuando se subió al colectivo, cuando caminó hasta su hogar y posteriormente cuando intentó conciliar el sueño, no pudo negar que el ingrediente que mejor combinaba con el agua de su estanque era la delicada rosa: pero era tarde, esta se alejaba junto al primero en el sesenta y cinco, habiéndole entregado uno de sus aromas, el único que el segundo no tenía, el único que el segundo necesitaba, el único que el segundo no quería de la rosa.
Entonces, ¿Por qué desde ahora el segundo joven comenzaría a notar el escarlata color de los pétalos de rosa?
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