sur
23.2.10
Onírico
Estaba en Gesell, en una casa alquilada por mi padre. Estaba lavando los platos, cuando afuera vi a Flor, a Sofi, y a Santi. Le dije a mi papá- Voy a salir- y me dirigí hacia afuera. Cuando salí, me di cuenta que tenía la esponja en la mano, y la dejé en la ventana. Les pregunté- ¿A dónde vamos? - Sofi contestó - Santi quiere mostrarnos su nueva casa - Cruzamos el gigantesco puente que atravesaba el río de Gesell y llegamos a una calle, iluminada por la luz del crepúsculo. Allí se posaba un tenebroso edificio, y Santi dio a entender que allí era. El aire estaba mezclado con un potente olor a meo de gato, y la razón llegó a nosotros con una manada de felinos salvajes. El líder, en sus momentos de agresividad (quizá estaba en sus días), saltó con un tremendo maullido y me mordió, por lo que entramos corriendo al edificio. El edificio era un lugar tétrico, de unos apagados verdes con unos sucios negros, y una escasa iluminación. Sus paredes estaban conformadas por una gran cantidad de espejos. En la entrada, había una mesita y unos sillones, generalmente ocupados por el hombre de seguridad/guardia del edificio, pero ahora no había nadie. Sobre la mesita descansaba un potente martillo, una masa. En eso, entró por una puerta Daniela y nos hizo señas para que la siguieramos. Le dije- Esperá un cacho -Agarré la masa y rompí la pared, soltando una lluvia de vidrios inofensiva. Entramos por la puerta de la que Dani había salido, y nos encontramos en una habitación con una lumonisidad propia del mediodía, y es que en ese cuarto era mediodía. Dani nos invitó a sentarnos, junto a Mich y a Sofi Ferraro. Através del marco de una puerta, se podía observar la habitación de adjunto, donde una mujer viejisima y desdentada estaba ocupada tipeando en una máquina de escribir. Dani dijo- No se preocupen, es mi bisabuela, podemos estar acá sin molestarla -Entonces entró un hombre vestido de una muy peculiar manera: Como un guardia de la Realeza Francesa. Hizo una profunda reverencia y se dirigió a Dani- Señorita llamamos al Banco para solucionar el tema del pago de la pared rota -Y se alejó por la puerta con una ligera reverencia. Dani me dijo- Dejá Berni, lo va a pagar mi papá -Y yo le respondí- No Dani, yo me encargo- Y Dani dijo- Menos mal- se pudo a llorar y agregó tartamudeando- porque porque, mi papá no puede andar pagando esas cosas- Le dije- Ya sé, ya sé -Y con unas afectuosas palmaditas terminó el diálogo. La mujer de la habitación de adjunto se levantó y se acercó a nosotros- Daniela, voy a ir como está la pared para determinar quien hizo ese desastre -Y se fue, y con ella las luces, por alguna razón. Reinó el silencio y la oscuridad. ¿Pueden ver en la oscuridad? -Preguntó Dani. Yo no contesté porque supuse que ella preguntaba debido a que había un hombre al otro lado de la puerta, pero todos dieron sus opiniones. Daniela se levantó y abrió la puerta, las luces se encendieron- Qué bueno que confíe en nosotros, srita. -Observó el hombre de la realeza con un antifaz, y agregó- La reparación definitiva costará unos $600 -Y se marchó con una reverencia, dejando a entrar a Belén. Ella estaba vestida de gala, con un chupin gris y un chaleco azul con un moño rosa. Se sentó y no pronunció palabra. Entonces me levanté, y salí al pasillo. Me senté al pie de la escalera. Santi y Gonza aparecieron, y les pregunté- ¿Daniel no viene? - No -Contestó Santi- Ah, pensé que venía - No, no viene -Gonzalo dió por terminada la conversación, y se propuso subir las escaleras. ¿Suben? -Pregunté sin necesidad de una respuesta. Los acompañé. Subimos a lo largo de las escaleras tapizadas con un color esmeralda olvidado, cubierto por una gruesa capa de polvo. En un determinado momento nos detuvimos frente a una puerta, y entramos. Una habitación se mostró al frente. Había una cama matrimoñal, con las sábanas revueltas y parte de ellas tiradas en el piso. El cuarto, a diferencia del completo edificio, poseía tonalidades blancas, acompañadas de vagos violetas, como los de las sábanas. Lo único que parecía tener importancia de la habitación era el enorme ventanal, del que provenían las únicas luces. La ciudad en todo su esplendor, más parecida a Manhattan desde esa altura que a Villa Gesell, iluminó a un hombre borracho desmayado junto a la cama. Las cortinas, hechas de la más fina de las sedas, combinaban suavemente con el resto de la habitación y acariciaban al hombre al compás del viento. Entonces, los tres observamos a Sofia Delgado Williams, quién sentada en una silla de roble, se llevo el dedo índice a los labios- ¡SH!
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